
Las gotas caían marcando el tiempo como el segundero de un reloj. A media luz, sus ojos parecían el contraste perfecto entre el sueño y el horizonte. Podía ser una sirena, era una musa.
En cada ola pude recoger como velos los ecos de sus pisadas, el agua me arrastraba y no me hubiera importado dejarme llevar, pero no siempre es el momento.
Hubo días en que las pequeñas cosas tenían el perfume que ella guarda. La inocencia no debería desprenderse nunca, quizá hay respuestas que es mejor no saber a pesar de todo.
Un lejano occidente, el próximo que se levante. No debería mirar más ojos que los que sepan verla.
Un día me contó que se atrevió a pasear sola por el parque, entre la niebla, no quiso reconocer un solo sendero. A veces no es buena idea buscar nuevos caminos donde hemos ya pisado antes, pero también es sano aprender a tropezar por uno mismo. Me contaba que incluso entonces no podía dejar de pasar su mano entre los setos, acariciar sus hojas como si mesase el pelo negro de la luna; yo me la imaginaba sonriendo, encogiendo los hombros de vez en cuando mientras detenía su carrera pero no sus pasos, tan dulce, tan sumamente pícara que siempre pienso que le faltan pecas en las mejillas. Sé que, sin duda, esperaba que apareciera el Minino de Chesire, que quería preguntarle cosas, que no sé si quería todas las respuestas, necesita al minino menos de lo que cree pero me encanta verla sonreir mientras lo busca.
Esa noche el parque tenía los silencios a flor de piel. Los escalofríos encendían torpes las estrellas. Ella no quería asustarse.
Ocurrió que quiso confundir el viento entre las hojas del Otoño con la brisa del mar de cualquier playa, y en su deseo suspiró cerrando los ojos y henchido el pecho el cedro le olío a mar y eucalipto, y sintió sus pies desnudos caminando sobre la arena, acariciados suavemente por la espuma y la sal. Se acomodó el cuello del abrigo en el refugio de su ternura y caminó hacia el rompeolas donde tantas otras veces alguna tormenta lejana le había dado qué pensar.
Los ojos le brillan siempre con la misma calidez que tentador se muestra el horizonte.
Cada lágrima que quiso derramar fue una llamada entre acordes, sus alas sabían volar pero el problema parecía ser la dirección. "Siempre habrá canciones para ti princesa, siempre tendrás ciudades enteras donde encontrarte".
Ya con la mirada más certera, me contó que no quiso jugar más cuando abrió los ojos. Que la niebla cubrió al mar y las olas volvieron a ser viento en los árboles. En la noche cerrada la luz de la Luna llena se difuminaba hasta encontrarla y, casi ingrávida, con los pies aún descalzos y brillantes de rocío (o quizá de espuma del mar), abrazó sus rodillas y dejó caer primero la barbilla y despues los párpados, no me supo decir si fue soledad lo que sintió entonces, yo más bien creo que fue anhelo.
Despertó con el rubor de los pasos quietos, con los pies fríos y dos amapolas llenas de pasión en las mejillas. Cualquier hombre envidiaría al sol que la abrazaba. Ladeó su cabeza y sonrió, como posando, sabiendo la belleza de cada instante y que cada instante le pertenecía. Ese parque no volvió a ser el mismo parque, era silencio y canción, viento y hoja, ola y brisa. Entre sus dedos permanecía el eco de aquella noche imposible de perder. Volvía a suspirar, cerraba los ojos tan etérea que de nada servía la realidad entonces. Me susurró que no quiso abrir los ojos cuando un nuevo perfume, no obstante conocido, quizá soñado, se acercó a ella, acarició su piel dejando entrar pausadamente los dedos en su pelo, como si ella fuera su noche siempre, alzó su barbilla levemente y la besó.
Despierta cada día con la promesa de encontrarle pero no lo busca, sabe que será su perfume quién lo delate. Será cálido como el sol, prometerá la eternidad aún sin saberlo; sabrá mirar con ella al horizonte, distinguir la brisa de la espuma, el viento de los árboles, la sal de su fruta; caminará descalzo sobre la arena de alguna playa y ninguno sabrá quién sigue los pasos del otro; será vino en los labios, noche mesada por el tacto, canción más que cantante.
Es ella. Vuelve más desnuda y cándida, más risueña, más que antes. Crece en ella la mujer para ser musa, el dios para ser amante, la eternidad, envuelta en su sonrisa, para ser instante.
Farid Othman-Bentria Ramos